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Jimmy Corrigan, el niño más listo (solitario) del mundo

por Roberto Goñi Ruiz

Publicado originariamente en 2007 en la web de la La Casa de los Malfenti (Nº24).

 

 

Tengo en las manos un cómic por el que pagué unos treinta euros. Treinta euros pueden parecer una fortuna hablando de cómics, sin embargo, en este caso no lo es tanto porque se trata de una de las obras clave producidas por el noveno arte en los últimos diez años. Me refiero a la gran obra de Chris Ware, “Jimmy Corrigan; el chico más listo del mundo”. Trescientas ochenta páginas en las que Ware marca un antes y un después en su arte, revolucionando la estética y el contenido del cómic moderno, sumergiéndose en terrenos vírgenes para la novela gráfica al uso.

La crítica recibió el experimento tal y como se merecía, convirtiéndolo en una de las obras más premiadas de la historia del cómic. Entre otros galardones, ha recibido un American Book Award en el 2000, el primer premio literario del prestigioso periódico británico The Guardian en 2001, los Alph-Art al mejor álbum y el premio de la crítica en el importante festival de Angulema en 2003. El éxito de la novela gráfica de Ware es comparable al reconocimiento de “Maus”, el clásico de Art Spiegelman (ver Artículo de “Noveno Arte” en La Casa de los Malfenti nº23), siendo precisamente este autor uno de los primeros en fijarse en el novato Ware, invitándole a participar en su mítica revista “Raw”.

 

Chris Ware; un niño cualquiera.

Ware nació en la América profunda, concretamente en Omaha (Nebraska) en 1967 donde residió hasta los dieciséis años. Se dice que fue un niño solitario y anónimo, que pasó sin pena ni gloria por una infancia apocada y sin estridencias. Crece sin la presencia de su padre, al que sólo conocerá siendo ya adulto y con el que permanecerá apenas unas horas. Este hecho influirá determinantemente en la temática de Jimmy Corrigan tal y como veremos más adelante.

El niño Ware, entrará en contacto con el cómic gracias a las tiras de prensa que su abuelo, periodista deportivo y redactor-jefe del diario “Omaha World Herald, le hace llegar. Así conoce a Snoopy y Carlitos. También acude en esa época a los tebeos de superhéroes (sobre todo de la editorial DC Cómics; Batman, Superman…)

Con dieciséis años se traslada a Texas donde estudia Bellas Artes en Austin. En este período centra sus intereses en la cultura hippie, el consumo de marihuana y el cómic underground. En esta época creará al personaje Floy Farland.

Publica sus primeras obras en el período 1986-1991, realizando tiras de prensa para el diario universitario Daily Texan. También colaborará en el periódico New City de la ciudad de Chicago, a donde se traslada en los 90.

Este trabajo temprano atraer á la atención de otro de los grandes del cómic, Art Spiegelman quién invitará al dibujante novato a formar parte de la nómina de la influyente revista “RAW”.

Ware estaba convencido de que con los recursos gráficos y narrativos de los que disponía no era capaz de contar lo que él siempre había querido contar. ¿Por qué no buscar una senda nueva, explorar nuevos terrenos expresivos y aplicarlos al cómic? Será éste el momento en el que creará personajes como Jimmy Corrigan, Quimby the Mouse o Sparky the Cat. Con ellos se lanza a incluir temáticas nuevas en el cómic como son las de la soledad, la incomprensión, la inadaptación o la alienación, consiguiendo a un mismo tiempo un lenguaje propio y distintivo.

En 1993 Fantagraphics comienza la edición de una revista en formato comic-book en la que recopila las historias de Ware. Me refiero al proyecto “ACME Novelty Library”. La serie comienza con “Jimmy Corrigan, the Smartest Kid on Earth" y Ware ya muestra lo que será el volumen final que recogerá las aventuras de este personaje.

 

Chris Ware

 

Jimmy Corrigan, el personaje solitario y rupturista

La historia de Jimmy Corrigan, previamente serializada en el ya mencionada proyecto “ACME Novelty Library”, es la de un hombre solitario en sus treinta y muchos años que se encuentra por primera vez con su padre en una ciudad cualquiera de Michigan en un día de Acción de Gracias. Jimmy es un personaje torpe y desmañado con una madre absorbente que lo controla y una vida social inexistente. La única vía de escape que le queda al joven Jimmy es la de una imaginación hiperactiva que lo lleva a menudo hacia situaciones extrañas y surrealistas.

Ware afronta los miedos de un Jimmy adulto, derivados de la soledad y un agudo sentido de la inadaptación al medio en el que vive, mediante las fantásticas aventuras de su otro yo infantil imaginado. Mediante Jimmy, Ware refleja su propia experiencia vital, particularmente en pasajes sobre su extraña relación entre el joven y su recién estrenado padre (el mismo Chris Ware conocerá a su propio padre en la edad adulta). Pero no debe entenderse el relato únicamente en clave autobiográfica. En la historia se intercalan flashbacks continuos, destacando el relato relacionado con la Exposición Universal de Chicago de 1893 en el que narra la vida de su abuelo, como un niño abusado psicológicamente por un padre severo (el bisabuelo de Jimmy).

El encuentro de Jimmy con su padre marca el inicio de una búsqueda. El de la búsqueda de la propia identidad en el reflejo del padre desconocido acompañada con la ruptura con la vida alienante que el joven lleva hasta ese entonces. Corrigan descubre a un padre que quiere acercarse de forma tosca a un recuerdo empujado por la culpa, un padre en el que no se reconoce con un pasado en el que él mismo no ha participado (descubre a una hermanastra que lo acepta y le trasmite el cariño que nunca ha recibido). Jimmy se asoma a un mundo encantador y peligroso, un mundo lejano a la monotonía que, en el fondo, lo mantiene vivo.

 

 

Como podemos comprobar, la obra de Ware está repleta de simbolismo y requiere más de una historia para explorar los contenidos en los que el dibujante está interesado. Para ello, Ware se ve obligado a poner al límite el potencial del medio. A lo largo de la historia comprobamos cómo el autor pone en práctica recursos narrativos y estilísticos sorprendentes, momentos brillantes que nos hacen replantearnos lo que entendemos por cómic.

El estilo de dibujo es heredero del cómic típico de prensa norteamericano, aunque sintetizado y estilizado al máximo. El silencio es utilizado como una herramienta sutil aunque efectiva, utilizada para crear un ritmo desasosegante. El dibujo se hace frío, sintético, desprovisto de adorno provocando en el lector un sentimiento abrumador de soledad y de inadaptación, agudizado más si cabe por la despersonalización de los personajes secundarios (a los que nunca vemos la cara). Somos testigos de un cuidado obsesivo de la estética, desde el uso de la tipografía (diminuta en muchos casos), hasta el color empleado o la organización de las viñetas. Algunas páginas están completamente desprovistas de texto; otras contienen diagramas iconográficos complejos. Por otro lado, Ware usa imágenes recurrentes cargadas de gran simbolismo. Por ejemplo ahí están los sueños materializados en la imagen de un robot, o el cariño desmedido del abuelo-niño hacia el caballo en miniatura, o el atractivo que sienten los personajes hacia los melocotones. Pero sin duda, una de las imágenes más impactantes en el cómic, que aparece en un par de ocasiones, es la de la persona vestida de Superman lanzándose desde lo alto de un edificio para acabar aplastado en medio de la calle, ante la mirada desconsolada de Jimmy (posible representación de la imagen del padre o incluso de Dios).

La sensaci ón que nos provoca la obra, por tanto, es la de encontrarnos ante un mecanismo de precisión en el que todo está medido con exactitud y que de manera inexplicable es capaz de provocar fielmente sentimientos de gran profundidad. Un aparato narrativo que expande los límites del lenguaje de la historieta. Chris Ware no entiende el cómic como ilustración, ni como literatura, ni como la simple unión de ambas; lo entiende como un todo independiente. La composición de la página se puede complicar tanto como sea necesario para conseguir el efecto deseado. Ware simplifica el dibujo convirtiéndolo en casi un símbolo, alejándose del realismo (realismo que el dibujante interpreta como una barrera para la implicación sentimental del lector) y al mismo tiempo transforma el texto en imagen dotándolo de funciones pictóricas. Todo esto convierte su forma de dibujar y narrar en un estilo icónico, lleno de líneas rectas y colores planos. Lo que en apariencia puede parecer una forma de narrar fría y desprovista de sentimientos en precisamente todo lo contrario y en eso radica su gran virtud.

Resumiendo, nos encontramos ante una novela gráfica conmovedora, emocionante, dura y al mismo tiempo compasiva, un punto de inflexión en el desarrollo de un lenguaje expresivo y de un medio que se expande para adaptarse a nuevos contenidos. Chris Ware nos regala una obra que bien merece un espacio en nuestra biblioteca y que sin duda nos proporcionará una experiencia mitad literaria, mitad visual que sin duda permanecerá en la retina de cualquier amante de los cómics y, por qué no, en la de todos aquellos que estén abiertos a un nuevo medio expresivo.

 

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